Cuando uno da una mala clase

Cuando uno da una mala clase, no sale derrotado del aula, pero sí con una sensación de haber perdido una oportunidad. No todos los días tiene uno la posibilidad de que otros docentes dejen sus quehaceres y pongan su atención en ti durante un buen rato.

Si las buscas, encuentras razones para esa sensación, repartidas a medias entre causas y escusas; propias y ajenas. Se impone un feedback inmediato y un análisis más calmado, pero lo malo de tener una conciencia desbocada es que esas razones te persiguen más allá del aula.

Quizá la función de escribir este post sea la de sacudirme, en parte, esa sensación. Aunque mi mente necesitará alguna otra acción para quedarse más tranquila.

En la universidad habitualmente uno da clase para sus alumnos aunque sea difícil llegar no puede llegar al cien por cien de ellos. Pero cuando un profesor da un seminario a sus pares sobre su propia experiencia docente, lo está haciendo para los alumnos de otros también. No puedes controlar lo que los profesores van a comprender e interpretar de tu mensaje. Pero la experiencia que vivan en la clase impactará en mayor o menor medida en sus propios alumnos, futuros receptores de su magisterio/docencia.

Me hubiera gustado empezar esta serie con un post victorioso, energizante y motivador. Pero los docentes también pasamos por estos momentos y tenemos que convivir con el hecho de que muchas veces las cosas no saldrán en el aula como a uno le hubiera gustado.

De todas formas, quizá lo más relevante sea la opinión del receptor de la experiencia, la visión del estudiante más que la del profesor.

Al final, la clase es para los alumnos. ¿No?

 Lo malo de tener una conciencia desbocada es que esas razones te persiguen más allá del aula.